Cuando la sencillez se vuelve extraordinaria: hábitos, rutinas y revoluciones del papa Francisco en su vida en Santa Marta
Jorge Mario Bergoglio y el Papa fueron la misma persona: el arzobispo de Buenos Aires y el Sumo Pontífice sostuvo una coherencia casi obstinada entre lo que decía y lo que vivía. Procuró despojar al papado de signos de poder para devolverle su dimensión pastoral y lo hizo a base de principios básicos: austeridad, cercanía, humanidad y sencillez. Secretos de una manera de habitar el mundo
Hay gestos que no se anunciaban, pero terminaron definiendo un pontificado. En la vida cotidiana del Papa Francisco -ese territorio menos visible que las grandes decisiones-, los viajes apostólicos o incluso su encíclica “Laudato si” se jugaba buena parte de su mensaje. Quienes lo conocimos de cerca o lo tratamos en distintos momentos de su vida, sabemos que lo esencial no estaba en los documentos, sino en los detalles: cómo saludaba, qué elegía comer, a quién escuchaba primero, qué decidía no hacer.
Porque si algo caracterizó a Jorge Mario Bergoglio, incluso antes de ser Papa, fue una coherencia casi obstinada entre lo que decía y lo que vivía. En Roma, lejos de la Buenos Aires que lo había formado, eligió no habitar los apartamentos pontificios del Palacio Apostólico. Prefirió quedarse en la Casa Santa Marta, una residencia sencilla, donde compartía espacios con otros sacerdotes y visitantes. No era un gesto menor. En un mundo donde el poder tiende a aislar, él eligió la cercanía. Quienes lo conocimos en Buenos Aires recordamos rutinas que prácticamente no cambiaron.
Se levantaba a las 4:45 de la mañana, se vestía y se afeitaba solo porque “es un asunto personal” como le comentaba a su antiguo peluquero Luigi Sasso. Rezaba en silencio, se preparaba su propio mate o su café. Su desayuno consistía en galletas sin sal y un yogur descremado natural. Nunca fue afecto a los lujos, ni siquiera a los pequeños. Su oficina en la curia porteña era austera, casi despojada. Y en Roma, esa sobriedad siguió intacta. Su habitación en Santa Marta no tenía nada que llamara la atención: un escritorio, algunos libros, imágenes religiosas discretas entre los cuales se encontraba una pequeña imagen de san José Dormido, a quien le tenía gran afecto y devoción, un cuadrito de “María que desata los nudos” y poco más.
Recuerdo —como tantos otros— las historias que circulaban entre quienes trabajaban en el Vaticano: Francisco bajaba a la capilla a rezar antes de que amaneciera, cuando todavía reinaba el silencio. No buscaba ser visto. Era una costumbre que venía de sus años de jesuita. Esa dimensión espiritual, íntima, era el corazón de su día. Después venían las audiencias, las reuniones, los documentos. Pero primero, el silencio. Tenía una capacidad singular para hacer espacio a lo inesperado. No era raro que llamara por teléfono a personas comunes: fieles que le habían escrito, enfermos, familias atravesadas por dificultades. Lo hacía él mismo, sin intermediarios. Del otro lado, la sorpresa era total. “Habla Francisco”, decía, con ese tono porteño que nunca perdió. No era estrategia. Era su manera de entender el ministerio.
También estaban esos gestos mínimos que, con el tiempo, se volvieron símbolos, como por ejemplo, cuando fue a almorzar al comedor que tiene los empleados que trabajan en el Vaticano, tomó su bandeja y se puso en la fila como cualquier otro empleado, o uno de sus primeros gestos cuando fue a pagar personalmente la cuenta del hotel donde se había alojado antes del cónclave, ir a la óptica en Via del Babuino a arreglar los anteojos; cuando decidió seguir usando zapatos negros comunes en lugar de los zapatos rojos, cuando insistía en moverse en autos sencillos. Cada uno de esos actos, visto en su momento, parecía apenas una anécdota. Con el paso de los años, se entendió que formaban parte de una misma lógica: despojar al papado de signos de poder para devolverle su dimensión pastoral.

